Venezuela, un país con unos 30 millones de habitantes, situado al norte de Sudamérica, fue en otros tiempos, una tierra de promisión que atrajo a muchos emigrantes a mediados del siglo XX. Fue el  destino favorito de migrantes  europeos que decidían dejar sus países con la esperanza de sobreponerse a una crisis económica, a un régimen de gobierno dictatorial, o simplemente tierra de acogida para “cazadores de sueños” de un mayor bienestar económico en una tierra tropical y lejana a la suya.

Lo cierto, es que en los últimos años,  esta tierra de promisión se ha convertido en un desierto. La abismal crisis económica y social, y la convicción de que el chavismo mantendrá el control de las instituciones han provocado que el 34,7% de los venezolanos decidieran salir de su país.   Millones se lanzaron hacia las fronteras, primero las más cercanas como Colombia, Perú, Ecuador, Brasil y luego las más distantes como Argentina y Chile.   Las últimas oleadas migratorias muestran miles de personas, familias enteras caminando, llevando consigo la carga que permite el viaje e instalando tras su marcha en América Latina y en la comunidad internacional el desafío de dar una respuesta global a esta crisis humanitaria.

¿Refugiados o migrantes? esta distinción de categorías no termina de definirse, aunque sabemos que un status jurídico no aplacará el dolor o las necesidades de estos hermanos.  Los organismos  internacionales manifiestan contundentes declaraciones en pos de protección, los países limítrofes se reúnen en Cumbres para establecer un plan de acción, pero lo cierto, es que la realidad de Venezuela, sigue golpeando nuestras puertas y nos confronta con la mirada cansada de quienes escapan del hambre y la opresión social.

La expresión más aguda de esta crisis, ha sido el apagón de luz, de estas últimas semanas, el más largo en toda la historia de Venezuela.  Un apagón que dejó al país aún más paralizado.  Se escribieron muchas páginas en los medios para identificar el origen del mismo, pero poco se ha hablado de las muchas vidas que se perdieron por falta de suministro, de la poca comida que quedaba y se ha estropeado, del aumento del riesgo sanitario por la escasez de agua.

En pleno apagón, muchos venezolanos salieron a las calles, para mostrar al mundo que aún en la noche más oscura, “son Pueblo de Dios que camina en el desierto, en medio de la adversidad inhumana, pero que no se resigna porque el Señor en quien espera es un Dios de vivos, no de muertos”.

Si quieres saber más te invitamos a leer lo que se desarrolló en El Seminario Latinoamericano “Búsqueda de Alternativas Políticas a la crisis Venezolana” que tuvo lugar en Lima, Perú; convocado por la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y El Caribe (CPAL), contando además con el apoyo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya de Lima y la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.