Laura (nombre ficticio), tiene 6 años, en abril de este año llegó a Argentina, junto con su abuela y bisabuela procedentes de Venezuela. Sus padres y su hermanito de apenas meses quedaban en Ecuador, por falta de medios económicos y por ser su hermano demasiado pequeño, como para aventurarse todos juntos  a un viaje que de seguro sería fatigoso y peligroso.

Así decidieron que Laura, con sus abuelas se les adelantaran en el camino. Pero la vida en Ecuador se les complicó y para ellas tampoco les fue fácil. Como para tantos que llegan, es difícil conseguir lugar para vivir, trabajo y terminan sobreviviendo como pueden a los desafíos cotidianos e inmediatos como comer diariamente.  Viven de manera muy precaria, y a unos pocos meses de llegar, se les ha sumado otra dificultad, su bisabuela, tuvo una caída que le ocasionó fracturas en pierna y brazo, agravándose así, la situación de desamparo en la que se encuentran.

Desde estos derroteros, Laura llegó a la Comisión Episcopal para Migrantes, de la mano de su abuela, quien intenta conseguir para ella un documento de identidad.  Al conocer  su caso, comenzamos a tender varias redes de protección.

Así las Coordinadoras de la Movilidad Humana ACI de Argentina (Constanza di Primio) y Ecuador (Adelaida Albendea) nos conectamos y junto a laicos de organizaciones como Cáritas, Puentes de Solidaridad y el ACNUR, comenzamos a ayudarles para iniciar un proceso de reunificación familiar, que actualmente está en trámite.   Gracias a medios sencillos como el mail y el whastapp vamos “dando un paso más” y tejiendo un entramado de ayuda que nos permite, ponernos “a la par” en el camino que ellos van recorriendo. Son redes que van creando “corredores humanitarios” desde Cúcuta en la frontera Venezuela-Colombia hasta el Sur del continente. Tener comunidades en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina es una llamada muy fuerte a fortalecer las conexiones y esforzarnos en hacer “todo lo que podamos”, que muchas veces son acciones sencillas pero que suponen un cambio esencial en la vida de personas y familias concretas en situaciones extremas de pobreza, exclusión y vulnerabilidad frente al tráfico y la trata humana.

Mientras la reunificación familiar se resuelve, la buena noticia, es que sus padres y hermanito que estaban viviendo en una situación de extrema vulnerabilidad en Ecuador, ganando solo USD 5 diarios vendiendo caramelos y hasta llegando al extremo de empeñar por USD 200 el pasaporte para subsistir, han sido acogidos por nuestras hermanas del Colegio de Quito.  Y esa acogida, lo ha cambiado todo.

El dolor por la distancia y la separación de la familia, no disminuye, pero la acogida, ha cambiado la calidad de la espera. Reciben apoyo, contención, cariño y sobre todo la posibilidad de recuperarse de meses que han sido verdaderamente difíciles, antes de emprender nuevamente el viaje.

“La reunificación familiar es uno de sus principios de protección de ACNUR para garantizar el derecho de los refugiados a una vida en familia tras la salida forzosa de su país. Es un derecho reconocido en la Convención de Ginebra y en la Declaración de los Derechos Humanos, que reconocen a la familia como unidad fundamental de la sociedad”.

Constanza di Primio, aci