EN HOMENAJE A REHEMA.

Irene Guia,aci.

El 20 de junio es el Día Mundial del Refugiado. Promovido por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), este día pretende homenajear su fuerza y valor y promover la concienciación pública y el apoyo a los refugiados.

Personalmente, pretendo homenajear la fuerza y el coraje de uno de ellos, Rehema, una chica que conocí en el Norte Kivu en la República Democrática del Congo.

En una de mis vueltas por el campo de desplazados de Mugunga I, situado al borde de la carretera que va de Goma a Sake, en la provincia del Kivu Norte de la RDC, un oficial del ACNUR se acercó a mí y me pidió ayuda. Al hangar de la selección había llegado una chica “en las últimas”. No habían siquiera conseguido que respondiera a las preguntas más simples para su identificación. Así que allí llegó con la ayuda de un señor, que rápidamente desapareció, se hundió, literalmente, en una de las esteras libres extendida en un rincón del hangar y entró de inmediato en un sueño, o estado de semi-inconsciencia, profundo.

El proceso de selección para asignar el estatuto de refugiado o desplazado demoraba entre dos y cuatro semanas. Aquel enorme hangar era la “residencia” para todos aquellos que, huyendo del terror, llegaban a buscar protección y auxilio y el ACNUR, como forma de evitar abusos de personas que se quisieran pasar por desplazados o refugiados, tenía prohibido darles cualquier tipo de asistencia hasta que se confirmara su situación.

La ayuda que él quería de mí era que tomáramos cuenta de aquella muchacha desfallecida en la pequeña estera, mientras transcurría el proceso, una vez que ellos, como oficiales del ACNUR, no lo podían hacer. Durante las tres semanas siguientes, alimentamos, vestimos, cuidamos a Rehema y conseguimos, con la ‘picardía’  habitual que se practica entre los humanitarios, que la ONG, responsable por la asistencia medica en ese campo, le hiciera el check-up posible. Rehema no se oponía a nada de lo que le pedíamos y no nos hacía ninguna pregunta. Con una mirada totalmente parada, pero con una leve sonrisa en su rostro, se giraba hacia la izquierda y hacia la derecha mientras la lavábamos; se apoyaba en nuestro cuerpo cuando la alzábamos para comer; extendía el brazo sin ninguna resistencia cuando era necesario quitarle sangre para los análisis … y volvía a dormirse como si nada fuera más importante que eso y todo lo demás fueran pequeñas interrupciones.

Todavía durante el tiempo que estuvo en el hangar, nos enteramos de que se llamaba Rehema, que tenía 20 años y que era de una de esas aldeas perdidas en las montañas entre el distrito de Walikale y de Masisi, pobladas por innumerables milicias, guerrillas y afines, y subyugadas por un conflicto armado que dura desde hace más de 20 años. También durante ese tiempo tuvimos el resultado de los análisis, pero optamos por esperar que estuviera más fuerte y menos deprimida para decirselo. Tenía hepatitis B y era portadora del virus VIH. Durante tres intensas semanas, Rehema se recuperó ligeramente. Era alta y muy bonita. Siempre me hizo impresión y nunca se apagará de mí la delicadeza de su mirada y la expresión de ternura que su sonrisa conseguía transmitir.

Cuando su proceso se completó, le fue asignado por el ACNUR una tarjeta identificativa que le daba derecho a la asistencia alimentaria y médica y un espacio en el campo de Mugunga I para la construcción de una tienda, así como el correspondiente material. Entretanto, Rehema y yo habíamos creado lazos. Nos divertimos mientras construíamos la tienda y poníamos la lona bien estirada por encima de las varas que servían de estructura. Le pregunté si no quería, mientras no arreglara otra cosa, ser voluntaria con nosotros y ayudarnos en las más diversas tareas que el día a día nos pedía. Como respuesta nos regaló una sonrisa que tan poco olvidaré.

Nunca le hice preguntas sobre su pasado. Cuando se nos da el honor de conocer y vivir el día a día de estas personas que tanto han sufrido, y que tanto sufren, el respeto que se siente por ellas es enorme y hay preguntas que no se hacen. Cinco meses después de conocernos, estábamos en el contenedor que servía de oficina y de almacén de material escribiendo listas de nombres para las próximas actividades, cuando Rehema se volvió hacia mí y dijo: “Mi abuela se llama así: Ange. “. “Ange? – repetí – ¿Dónde está? “. “En la aldea. Espero que esté en la aldea, que no le haya ocurrido nada “. Recuerdo, como si fuera hoy, como puse el bolígrafo sobre la hoja porque percibí que ella me iba a hablar de sí y de lo que le había ocurrido …

Cuando tenía 17 años, una de las muchas milicias que controlan las montañas de Walikale y de Masisi a causa de las minas de coltán (una mezcla de dos minerales, columbita y tantalita, necesaria para los componentes electrónicos de nuestros smartphones, más conocido por oro azul) entraron por su aldea adentro y los guerrilleros mataron, golpearon, quemaron casas y saquearon todo lo que había de animales y de recientes cosechas. Estos mismos hombres, armados y con aire salvaje, la obligaron, junto con las otras tres chicas, a poner enormes sacos a la cabeza. Las forzaron a cargar, por el bosque, lo que habían pillado hasta llegar al campamento escondido donde se encontraban más de 30 hombres de todas las edades, pero con el mismo aire agresivo y violento.

Durante 2 meses, ella y las otras 3 hicieron todo tipo de trabajos, desde cocinar hasta ser violadas todas las noches por 7-8 hombres … Rehema me iba contando todo esto sin la mínima alteración en la expresión de su rostro, sin rabia , sin angustia, sin drama. Solo una única vez pude ver sus ojos llenos de lágrimas cuando me confesó que algunos de esos hombres eran tan viejos como su abuelo. No aguantando más, al cabo de dos meses, las 4 muchachas decidieron huir y lo lograron. Regresaron a la aldea y la vida parecía recomponerse cuando, 5 meses después, la misma guerrilla volvió a la aldea para instaurar nuevamente el terror y abastecerse de alimentos. Para azar de ellas, uno de los guerrilleros las reconocieron … “nos golpearon hasta la muerte”, recordó a Rehema. Tal fue la violencia con que golpearon a las cuatro chicas que, enojados, ellos mismos las cargaron de vuelta a la base, ya que ellas no podían mantenerse de pie.

Permanecieron otros cuatro meses en el bosque, donde la vida se repitió día tras día como en aquellos primeros 2 meses: trabajo durante el día, violación durante la noche. Rehema prefería morir tratando de huir de que vivir así. Esta vez, no dijo nada a las otras y se arriesgó sola. Le pregunté cómo hacían para huir. Me parecía imposible … Cuando las guerrillas salían a abastecerse, es decir, para saquear una aldea, llevaban consigo a algunas de las mujeres que tenían en el campamento para cargar con las bolsas. Cuando salían, marchaban en columna militar. Un guerrillero detrás del otro y las mujeres también. Quien pensara en intentar escapar, iba, poco a poco, retrasando el paso, como si estuviera cansada, quedando atrás y, esperando que existiera un momento de distracción del guerrillero que iba al final. Si ese segundo aconteciese, correría hacia dentro del bosque sabiendo que el sonido inmediato que iba a oír era la de los tiros en vaivén, intentando acertarle. Muchas mujeres y niños soldado murieron así sin que sus cuerpos hayan sido alguna vez encontrados … Pero, era preferible arriesgarse.

Por segunda vez, regresó a la aldea, al abrigo de su abuela que la había criado, a ella ya sus hermanas. Lo que hace esta milicia lo hacen también las otras. No habían transcurrido dos meses, cuando otro grupo armado invadió la aldea … Rehema huyó. Dejó todo atrás. Durante 4 días y 3 noches, caminó sin parar y sin destino, perdida por entre el bosque, hasta que llegó a una carretera asfaltada. Era la carretera que iba de Sake a Goma. Se sentó exhausta, desfallecida, en el borde de la carretera. Una muy vieja camioneta se detuvo, un hombre salió y, viéndola en ese estado, le dijo: “Ven, te llevaré al Campo de Mugunga I, allí cuidarán de ti”.

Los relatos de vida de los 65.6 millones que homenajeamos el próximo 20 de junio son variaciones del relato de vida de Rehema. Este es el año en que estamos siendo testigos de los niveles más altos de desplazamiento forzado jamás registrados. 22,5 millones son refugiados y más de la mitad de ellos tienen menos de 18 años.

Parafraseando al Papa Francisco en su imperdible Homilía del 8 de julio de 2013 en Lampedusa, las “Rehemas” que conocí me vuelven continuamente al pensamiento como una espina en el corazón que hace doler. Siento el deber de hacer todo lo que pueda para despertar nuestras conciencias a fin de que no se repita lo que sigue sucediendo. No es posible quedar indiferente. No es posible no acoger con brazos abiertos y en cruz a quien busca protección.

Comencé diciendo que escribía en homenaje a Rehema. Sin embargo, creo que es más exacto decir en memoria de Rehema. La dejé con 21 años y no creo que pueda estar viva.