Hola, soy la H. Dhay de Filipinas, y desde mi llegada al Japón en abril de 2017, he trabajado con los migrantes, sobre todo en Kalakasan con madres solteras; la mayoría son víctimas de violencia doméstica.  También en ENCOM YOKOHAMA un programa pastoral para los detenidos en los centros de detención de inmigrantes de Ushiku, Yokohama y Shinagawa.

Vamos un grupo una vez al mes a visitar a los extranjeros en el Centro de Detención Ushiku en Ibaraki. Es un viaje de dos horas en coche. Cada vez podemos hablar con uno o dos detenidos, en entrevistas privadas, si la persona acepta hablar con nosotros.

Durante este mes (noviembre/diciembre) tuve la oportunidad de dialogar con cuatro hombres de distintas nacionalidades: de Sri Lanka, de Irán, del Perú y de Filipinas. Lo que más me impresionó ha sido las historias de sus vidas. Uno de ellos, un padre iraní que vino al Japón en el año 1990 con una visa que le permitía trabajar en un negocio. Pensaba, “tengo suerte porque mi negocio va bien.”  En 1995 se casó con una japonesa católica y tienen 2 hijos.  Recibió una visa permanente, y vivían felices.  Estaba motivado a trabajar bien para proveer todo lo necesario para su familia hasta que en 2011 con algunos amigos iraníes se involucró en un delito. “Creía que mi familia me apoyaría en momentos difíciles, pero no fue así. Al contrario, mi esposa me ha divorciado y mis hijos no me quieren porque no quieren ser asociados conmigo.” No supe qué decirle, solo pude mirarle con compasión. Seguía, “Aquí me encuentro solo, muchas veces a mi esposa y mis hijos les he pedido perdón, pero nunca vienen a visitarme. Me han abandonado. Lo que siento ahora es más agudo que el dolor de un padre cuyos hijos se murieron. Es doloroso saber que mis hijos viven por aquí, pero me ignoran.” Y empezó a llorar como un niño. Sentí su dolor y después de un momento de silencio le pregunté si tuviera algunas noticias o información sobre sus hijos. Me contestó, “Sí, mi hijo mayor ya tiene 23 años, y trabaja en una empresa internacional bien conocida.  Mi hijo menor tiene 18 años y estudia en la Universidad de Japón. Vive con su madre; estoy agradecido a ella.” Después de escuchar esta historia emocionante, me di cuenta de lo duro y doloroso que sería para un padre ser rechazado por sus propios hijos. Esta historia es una de muchas semejantes.

Al escribir esto, me emociono recordando el amor incondicional que tiene a sus hijos este padre detenido, semejante al amor que Dios Padre tiene a sus hijos. Comprendí que estoy llamada a caminar una vez más con esta conciencia de la importancia del valor de la familia — que al fin y al cabo, pase lo que pase, familia es familia.