Como sabemos el Papa ha querido que el mes de Febrero se dé especial fuerza a visibilizar todo lo que tiene que ver con la lucha contra la trata y el tráfico de personas, tanto la oración como la acción.

 A continuación compartimos de la mano de la H. Constanza di Primio su participación  en el Encuentro Latinoamericano Lucha contra la trata de personas organizado por la Conferencia  Episcopal Argentina y el grupo Santa  Marta, con el Cardenal Nichols al frente.

Hola. Desde nuestro trabajo en la CEMI quisiéramos trasmitir nuestra percepción y experiencia de compartir y acompañar a migrantes en situación de explotación. Queremos hacerlo desde una perspectiva amplia, es decir no vamos a referirnos tanto a la realidad de la  explotación o trata como engranaje de un crimen organizado (porque ya ha sido muy bien expuesta) sino aquella explotación, muchas veces constante y silenciosa, que es cercana a nuestras comunidades eclesiales, a nuestros lugares de trabajo y  que padecen muchas de las personas que migran e itineran, especialmente aquellos que se desplazan en  pobreza. De esta explotación, en una u otra medida, podemos afirmar con dolor que todos somos –en parte- responsables.  El mismo Papa Francisco nos exhorta a: “Examinar seriamente las distintas formas de complicidad con las que la sociedad tolera y fomenta, particularmente la trata con fines sexuales, la explotación de hombres, mujeres y niños vulnerables”.

Todos sabemos que, en la mayoría de los casos, las situaciones de trata o explotación de personas, acontecen porque hay factores psicológicos, económicos, políticos o sociales, que inciden en la vida y la realidad de las personas  y favorecen que estas se encuentren en una situación o estado de vulnerabilidad.

Acercarnos a la realidad de la trata y la explotación desde la perspectiva de un migrante, es reconocer en primer lugar, que la sola condición de extranjero le genera una desigualdad especifica originada por el  mero hecho de perder la calidad de ciudadano que tenía en su país para convertirse en un “ajeno” para el territorio en el que ingresa.

Esa desigualdad, dada por su sola condición de extranjero,  lo coloca en situación de vulnerabilidad.   Y como suele pasar, en este estado o condición se puede entrar con facilidad pero es muy difícil salir.  Para revertirlo se precisa la conjunción de muchos factores y la comunión de muchas voluntades. Cuando esto no ocurre,  surgen muchas situaciones de explotación y trata que padecen los migrantes e itinerantes, que pueden ser variadas en sí mismas y a su vez  son iguales, puesto que en la mayoría de los casos existe connivencia de las fuerzas de seguridad, procesos de corrupción o falta de fiscalización estatal que hacen posible el avasallamiento de la dignidad de la persona migrante y el desconocimiento de sus derechos.

Solo mencionar algunas, a modo de ejemplo:

Explotación en el proceso de regularización migratoria: Si bien, en nuestro país,  la Dirección Nacional de Migraciones publica en su página web todos los requisitos para la regularización migratoria, muchas veces y sobre todo en los últimos seis meses, las condiciones en que las personas llegan, la complejidad del trámite, la demora en la obtención de turnos,  permitió el surgimiento de falsos gestores.  Personas que se dedican a explotar y por ende lucrar con la necesidad de regularidad migratoria que tienen muchos de los que ingresan a nuestro país.  Estos falsos gestores operan también en toda el área de Educación para la convalidación de títulos.

Explotación en las zonas de fronteras permeables: todos conocemos que Argentina como tantos países cuenta con pasos fronterizos que son vulnerables, donde los controles migratorios y comerciales son puntos estratégicos de tráfico de objetos y de personas. En los últimos meses, en nuestro Norte Argentino, se ofrecía a algunas madres, cruzar a sus bebes o niños, por una suma de dinero, dado que carecían de la documentación necesaria para el ingreso (no dependiendo de estas madres, tener la documentación de sus hijos, sino del gobierno del país de origen). Dada la afluencia de menores en estas circunstancias y para evitar situaciones de riesgo para ellos, es que la DNM evaluó la necesidad de morigerar la documentación requerida para el ingreso. Evitando que estas criaturas sean separados de sus padres o retenidas en frontera, especialmente para los grupos familiares de Venezuela que ingresan por Bolivia.

Explotación en el hábitat: la mayoría de los migrantes llegan sin demasiados recursos económicos, especialmente los que residen en  Buenos Aires. Vienen de  países como Venezuela, Costa Rica, Nicaragua y todos se encuentran en situación de emergencia habitacional. En esta área también son explotados,  aun pagando precios altos, se  los condena al hacinamiento en hoteles o PH donde llegan a convivir en un mono ambiente hasta 9 personas.

Explotación laboral: la mayoría de las oportunidades laborales que se les ofrecen a los migrantes son en condiciones de precarización laboral.  Trabajos de jornadas laborales extensas, algunos con 12 horas mínimo y una remuneración inferior al salario mínimo y percibida en negro. En otros casos,  se les paga un ingreso menor respecto de igual tarea realizada por un argentino. Existen también ofertas laborales falsas que terminan en situaciones de violencia o abuso sexual, como ocurrió a fin de enero con tres jóvenes venezolanas, captadas bajo una falsa oferta laboral y violadas en un departamento.

Otra manera de explotarlos, es hacerlos responsables de nuestro malestar social.  Cada vez que la prensa, impregna nuestros medios de comunicación con una narrativa negativa contra los migrantes, en cada oportunidad que un funcionario en sus declaraciones los hace responsables de la falta de seguridad interna, en toda ocasión que un argentino los hace hacederos del miedo o incertidumbre que sufre o cuando les achacamos el déficit de la salud pública porque usan los servicios de nuestros hospitales,  estamos frente una situación de explotación de personas, en este caso migrantes.  Porque explotamos su “condición de extranjero” para justificar o dar respuestas a problemas preexistentes en nuestro país, que nada tienen que ver con su llegada.

Pero nos animamos a decir, que la expresión más fuerte de la explotación de migrantes en nuestro mundo y nuestras sociedades, es no reconocer la migración como un derecho humano.  Cuando un Estado deja, a través de sus políticas migratorias, de afirmar con fuerza que migrar es un derecho esencial e inalienable de la persona, y por ende un DERECHO HUMANO, está abriendo todas sus fronteras y todas sus puertas para que aquellos que se dedican a traficar con la vida, ingresen y hagan su gran negocio.

En nuestros días, en nuestro continente, la esperanza asume la forma de “caravana migrante”, encarnada en el rostro de quienes se desarraigan voluntaria o involuntariamente para alcanzar un único sueño o deseo: vivir.  Estos peregrinos de la necesidad, migran para vivir. Migran por miedo. Migran para cambiar el mundo, su “pequeño mundo”, migran para conseguir algo más de pan, paz y justicia.

Creemos verdaderamente, que ¿se puede acabar con la explotación en la migración? Quienes acompañamos a migrantes podemos decir que es difícil, pero no imposible.  Para que acabe es necesario anunciar con pasión renovada e incansable el Evangelio de Jesucristo, acompañarlos de cerca y junto a ellos denunciar las causas que la originan: la pobreza, la desigualdad, la guerra, la corrupción, la xenofobia.

En el VII Foro Social de las Migraciones, acontecido en México, el pasado noviembre, el Papa Francisco en su Mensaje, expresaba:   “La transformación positiva de nuestras sociedades comienza por el rechazo de todas las injusticias, que hoy buscan su justificación en la “cultura del descarte” —una enfermedad “pandémica” del mundo contemporáneo—. Esta oposición se pone como una primera actuación de justicia, sobre todo cuando ella logra dar voz a los “sin voces”. Y entre estos últimos están los migrantes, los refugiados y los desplazados, que son ignorados, explotados, violados y abusados en el silencio culpable de muchos”.

Constanza Di Primio, aci