Actualmente existen cerca de 232 millones de personas migrantes en el mundo. Realidad que cuestiona a los creyentes y viene dinamizando respuestas de solidaridad.

En Colombia el fenómeno de la migración tiene unas características especiales. Cuando el conflicto armado fue muy fuerte en Colombia, muchos de los ciudadanos colombianos migraron, desplazados, hacia Venezuela. Ahora, años más tarde, esos mismos colombianos están regresando al país con sus familias, desplazados por la situación económica y política, junto con numerosos ciudadanos venezolanos que buscan refugio fuera de su patria.

Este fenómeno trae un sinfín de situaciones complejas que debemos abordar y abrazar. Uno de los factores que más preocupa es que muchos de los venezolanos que están migrando a Colombia están siendo reclutados por bandas criminales que operan en diferentes ciudades del país y crean una gran inseguridad. En materia laboral, mientras que el 67,32 por ciento de los migrantes, que llegaron a Colombia hace más de 2 años y menos de 5, tienen trabajo, la ocupación de los que llegaron hace menos de dos años es menor en 10 puntos porcentuales, (57,2%), lo que aumenta el porcentaje de desempleados de nuestro país.

Con este sucinto preámbulo buscamos ubicar la respuesta generosa y comprometida de muchos de los colombianos, que acogen y brindan oportunidades a nuestros hermanos venezolanos, sin olvidar las tensiones y ánimos encontrados entre colombianos y venezolanos, principalmente a nivel laboral.

Personas que suplican ayuda, que ofrecen sus servicios – muchos profesionales- por cualquier cosa, mujeres con niños con caras de hambre, vendiendo dulces o limpiando los autos, tocando guitarra a cambio de una moneda o narrando su historia de dolor, de soledad, de pobreza. Esta realidad nos llega y aborda constantemente en el colegio, en el sector donde vivimos, en el medio de transporte… Esto nos cuestiona, nos duele, nos molesta, nos indigna y nos mueve a colaborar con dinero, alimentos, con la oración.

Sin embargo, ante esta misma realidad hemos ido ubicándonos en actitud de “Magis”. En el colegio, parte de nuestra respuesta a esta situación de movilidad humana, ha sido la acogida en condiciones especiales de algunos estudiantes venezolanos, con beneficios como becas para los estudios y para el almuerzo y dotación de los uniformes. Además, se ha dado oportunidad de trabajo a algunos docentes y colaboradores venezolanos. En este nuevo año la opción concreta será acoger a un padre de familia y vecino venezolano para el servicio de fotocopiadora y computadores, que, aunque es preparado y podría tener otro empleo, necesita ahora la estabilidad que le brinda el colegio.

La parroquia y la arquidiócesis vienen siendo también una plataforma privilegiada, que desde la pastoral social nos pone en contacto con la realidad de migración venezolana, ayudando a dar un paso más en la actitud de salida y búsqueda de esos otros con los que podemos trabajar en red, como lo sugiere la CG XX.

Desde la pastoral social de la parroquia se reciben y organizan algunos mercados para entregarlos el último sábado de mes, en beneficio de las familias venezolanas (migrantes) y colombianas (desplazadas), que se han ubicado en lo que conocemos como zona de invasión. Estas familias fueron censadas y aunque es una población que fluctúa se preparan cada mes cerca de 37 mercados. Las personas deben aportar una pequeña cuota, algo simbólico cuyo objetivo es no caer en asistencialismo y dar todo regalado, además esto ayuda a comprar las cosas que falten a fin de mes para completar los mercados.

Otra presencia es el acompañamiento en la catequesis y formación en la fe, no necesariamente para sacramentos, que hace la Hermana Beatriz Novoa aci y un grupo de Señoras que la ayudan, a un grupo de niños y algunos adultos venezolanos. Se reúnen en nuestro colegio los fines de semana, haciendo un seguimiento espiritual y brindando algo de ayuda material a estas personas. En el tiempo de navidad se celebraron las novenas con estos niños, varias Hermanas tuvieron la oportunidad de acercarse y compartir con ellos. Especialmente las Hermanas de la Residencia un día les ofrecieron el refrigerio en el comedor de la comunidad, está experiencia la podemos nombrar como “la multiplicación de los pasteles”, pues llegaron más niños de los que esperaban, pero partir para compartir es ocasión de milagro, todos comieron y sintieron la bendición del Dios de la misericordia.

La Arquidiócesis ofrece el apoyo desde la casa del migrante. Allí las postulantes y algunas Hermanas han prestado su acompañamiento y ayuda un día en la semana. Desde el colegio se apoya con mercados y donativos, fruto de iniciativas como jean days (el estudiante aporta unos pesos para no usar ese día el uniforme), colectas de alimentos entre estudiantes y docentes. En la catequesis de los sacramentos, como gesto de comunión y confirmación en la fe, se recogieron mercados con el fin de compartirlos con los hermanos que más sufren. Hasta diciembre de 2018 estuvo funcionando un comedor en San Victorino (un barrio popular en el centro de Bogotá), que de lunes a viernes ofrecía el almuerzo a hermanos venezolanos. Allí tres Hermanas tuvieron la oportunidad de ir a escuchar especialmente a las mujeres, cuyas realidades de migrar solas, en embrazo o con sus hijos en brazos las hace más vulnerables. Experiencias de dolor y pobreza, pero también de lucha y decisión por una vida mejor para ellas y sus hijos.

En este último tiempo de navidad recibimos algunos donativos destinados a ayudar un par de familias venezolanas, que en navidad y año nuevo estaban en la calle pidiendo ayuda, se les brindó alimentos, mantas y otros enseres.

Creemos Jesús que eres tú quien migra hoy y nos pides de beber, de comer, solidaridad, comprensión y amor. No queremos ser sordas a tu llamado, ni ciegas a tu presencia, en nuestro prójimo que esta a la vera del camino.