Según las estadísticas de las Naciones Unidas, hasta noviembre de 2018, tres millones de venezolanos habían huido de su país por la severa crisis humanitaria provocada por el régimen de su  presidente.

Los destinos más concurridos por los inmigrantes son Colombia con un millón de ciudadanos venezolanos, seguido de Perú con más de 500 mil y Ecuador con 221 mil desplazados.

Llegan a nuestra tierra, cansados del viaje, con poco dinero  y también con muchas esperanzas.  Es una realidad que clama y que encontramos en nuestras calles a diario.  Desde nuestras comunidades hermanas y laicos procuramos acompañarlos, compartir lo que podemos y tenemos. En algunas casas se les ha contratado como vigilantes,  en otras también se les ha incluido a los hijos en la escuela, pero las necesidades son tan grandes, que sentimos la llamada a impulsar a nivel país un plan de apoyo integral.

Verdaderamente son familias enteras que peregrinan, es impresionante como no les importa trabajar en lo que sea para ganarse la vida, otros los que llegan solos se esfuerzan por conseguir un techo y se privan hasta de comer para pagar su alquiler y a la vez  mandar algo a Venezuela.

En algunos casos son víctimas de mucha explotación laboral por no tener todo “en regla”.   Junto a la Iglesia peruana animada por los Jesuitas se van han ofrecido oportunidades de servicio de escucha, tanto del drama que pasan en su tierra como también se les orienta,  en sus trámites migratorios y desde nuestras comunidades,  seguimos intentando “hacer lo que podemos y todo lo  que podemos” para ofrecerles  alimentos, educación para los niños pero sobre clima de familia.  Queremos  ponernos a su lado, ayudarles  a soltar los miedos del camino y sentir que en tierra Peruana pueden reposar después de tan largo viaje.