Tay Ninh es una ciudad cerca de la frontera con Camboya. Esta ciudad es famosa por haber sido sede de la resistencia en tiempos pasados. Además de la gente nativa, hay muchos repatriados desde Camboya. Esta gente puede ser católica, pero muchos han perdido la fe durante su estancia fuera. Es bastante común que en una familia de 5 o 6 personas, solo una ha sido bautizada. Para muchos sacerdotes es un gran desafío. Los Cao Dai y las iglesias protestantes son activos en la construcción de casas para esta gente repatriada. Además, reparten arroz y otros comestibles a los viejos con regularidad.

Hace unos 4 años hemos encontrado un grupo de repatriados que vivían sobre el lago de Dau Tieng. Tenían que vivir sobre el agua porque estaban deportados de Camboya, pero no eran aceptados en Vietnam. Ahora son llamados “la gente sobre las aguas”. Su situación nos ha impresionado, así que cuando las HH. Charo, Inés y María nos visitaron, las hemos traído aquí. Desde entonces tenemos mucho interés en poder atender a esta gente. Dado la “situación rígida” de nuestro país, aunque buscábamos varias alternativas, no tuvimos éxito. Sin estar insertadas en una parroquia, no hay manera de acercarse a esta gente. Pensábamos que teníamos cerrada la puerta, pero en abril, por casualidad, la H. M. Chi se encontró con el Padre John Baptist Vu Van Trung. Nos avisó que hay en su parroquia mucha gente repatriados desde Camboya. Hay más de 300 niños; la mayor parte de éstos no pueden asistir a la escuela. No tienen documentación. Suelen pasar el día corriendo por las calles hasta llegar a la edad de 11 o 12 años, cuando empiezan a ganar la vida vendiendo billetes de lotería. Una vez empleados así, son bastante autónomos. Viven de sus ganancias, y tienen dinero para juegos y apuestas.

Así nos hemos implicado en este problema de migración. En junio con permiso del párroco, hemos organizado un cursillo de verano en la parroquia de Thanh Linh, a 15 kilómetros de la frontera con Camboya. Ofrecimos clases de inglés, matemáticas y lengua vietnamita. Había unos 200 niños matriculados, desde el primer grado hasta el duodécimo. Había 3 clases por la mañana y 4 por la tarde. Estos niños son los que vienen con regularidad; pertenecen a la gente nativa o a los antiguos repatriados.

Además, ofrecimos una clase para los niños pobres, con 9 niños. Algunos tenían 12 años, pero nunca han asistido a ninguna escuela. Y eran niños brutos – su idioma era pelearse. Había 2 niños recién llegados de Camboya, que apenas entendían el idioma vietnamita. Después de unas semanas, un niño de 12 años ha dejado la clase para vender billetes de lotería, y una niña de 11 años volvió a Camboya para cuidar a los hijos de su madre. Los que se quedaron han progresado bastante en escribir y leer. Y más importante, aprendieron a portarse bien y a rezar.

Estos niños muchas veces vienen a la escuela sin haber desayunado, así que les damos un buen desayuno. Entre ellos, 5 pertenecen a una familia de 8 niños; tienen la misma madre, pero distintos padres. El menor tiene solo 3 años, y tienen que caminar 25 minutos para llegar a nuestro programa, cosa no muy fácil dado que el sol es muy fuerte.

La gente vive aislada en fincas donde se cultivan árboles de caucho. Los que llegaron hace unos años pudieron comprar bastante terreno y tener una casa sencilla. Pero los repatriados de los últimos años tienen que vivir con sus parientes.

Hay mucha gente mayor que desean recibir la comunión con mas frecuencia. Ahora la reciban en ciertas ocasiones, y a veces para esto tienen que caminar 1 o 2 kilómetros.

Esperamos al menos enseñar a estos niños pobres a leer o a escribir, para ayudarles a defenderse en el futuro. Y que una vez que nos aceptan, quizás podamos empezar un “love class”, y también atender más a la gente necesitada, sobre todo a los ancianos.  Parece que muchos no estén bien atendidos porque los hijos están ocupados en buscar manera de ganarse la vida.

A finales de Agosto continuaremos con nuestra experiencia allí, instalandonos de nuevo 3 hermanas para seguir buscando cómo servirles e implicarnos más.

María Chi, aci