Un sábado por la mañana, nos encontramos en Paris, Place de la Bastille. Hace un poco de frío… Sin embargo, se anuncia buen tiempo y la posibilidad de bellos encuentros. Voy buscando con quien voy a compartir esta jornada: caras jóvenes, de piel blanca del Tibet, de diferentes países de África, de la India, Síria y Francia.

El ambiente es alegre. Voy descubriendo cada una de estas mujeres: primero muchas hermanas que participan en «Campo de Booz», un ejemplo bonito de trabajo intercongregacional; luego muchos laicos de «campo de Booz» y «En el cruce de los caminos» y finalmente todas las mujeres alrededor de las que nos encontramos. Alegres reencuentros para todas, que vienen de todos los rincones de Paris.

Destino Vaux-le-Vicomte, un lugar lleno de la historia de Francia. Ocasión para que todas estas mujeres puedan descubrir un castillo muy bello y un poco de historia de nuestro país. Pero es mucho más que un momento de historia, es un tiempo compartido donde se intercambian las últimas noticias. El momento para hablar con unas y otras, intentando aprender los nombres, y alguna palabra en tibetano. ¡Qué difícil es esto!

La única palabra de la que me acuerdo es Tachidilé o Buenos días en tibetano… también porque lo he escrito. Al escribir estas líneas, he buscado por internet y he visto que incluso su abecedario es diferente. Realmente, el aprendizaje de nuestra lengua tiene que ser muy complicado. Esto ha sido también ocasión para conocer un poco su vida cotidiana, con muchas clases de francés, mucha espera de papeles, y a veces sin mucha ocupación – falta de papeles. El encuentro termina con una cena en nuestra casa – de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Las demás de la comunidad están encantadas de poder conocer a todas alrededor de esta cena, de escuchar de dónde viene cada una y un poco de su vida, y también algún canto tibetano.

Este día seguirá siendo un recuerdo único en mi memoria por la mucha alegría compartida, la gran ayuda mutua y atención al otro – de la parte de los voluntarios pero también de todas estas mujeres las unas con las otras, oportunidad para nosotras de participar en un proyecto que llevamos en el corazón: en la medida de nuestras posibilidades, apoyar a las personas en movilidad y especialmente a las mujeres. Campo de Booz es entonces para nosotras una manera de participar, acogiendo y rezando por estas mujeres.

Muchísimas gracias por esta oportunidad de vivir estos momentos. Una gran lección de vida, de compartir y de trabajo en común.