18 Feb Salir en busca de Dios – Un camino espiritual (Yves Raguin)

Cuando hemos decidido salir en busca de Dios, hay que hacer el equipaje, ensillar el asno y ponerse en camino. La montaña de Dios apenas se distingue en la lejanía… Al amanecer hay que partir. Es una gran salida. Hay que decir adiós.
¿Adiós a qué? A todo y a nada.
A nada
A nada, porque el mundo que dejamos seguirá estando cerca de nosotros, dentro de nosotros, hasta el último aliento. Siempre tan cercano. Si lo rechazamos o intentamos expulsarlo, puede reaparecer dentro de nosotros con más fuerza todavía.
A todo
A todo, porque al salir en busca del Absoluto rompemos los puentes con todo aquello que podría desviarnos de Él, con lo que en nosotros y en los demás tiende a oponerse a la acción divina. Al final, lo más difícil de dejar es a nosotros mismos: ese yo que, en su necesidad profunda de autonomía, se opone a Dios. La separación no está en la distancia, sino en el desapego. A toda costa debemos impedir que nuestra personalidad se repliegue sobre sí misma y construya frente a Dios una fortaleza donde Él solo sea admitido como huésped. Sí, cuando quieras orar, abre tu casa y desata tu alma en Dios.

Exigencias de la vida
Toda forma de vida exige desapego. El alma de los esposos debe desprenderse de sí misma; también la de los novios. De lo contrario no hay amor posible, sino un egoísmo buscado en el otro. En la cima del amor se encuentra el amor de Dios: don total y recíproco.
Para el ser humano, Dios es el Otro; el Otro que, en el amor, se revelará finalmente como el Ser de nuestro ser.
Antes de partir, hay que dar algunos golpes de hacha y de podadera. Al cortar alrededor de uno mismo, enseguida se descubre que se está cortando dentro de sí… Pero no hay que esperar a estar desprendido de todo y de uno mismo para partir. Hay que partir y, poco a poco, a medida que avancemos, las cosas más queridas irán tomando distancia.

Muchas se aferrarán a nuestros pasos. Es normal. Si nuestro corazón todavía se apega a ellas, basta decir a Dios: “Dios mío, todavía estoy apegado a esto o a aquello, pero confío en que Tú me irás liberando mientras camino hacia Ti.”

¿Qué llevar con nosotros?
Todo nuestro ser, nada menos. Respuesta extraña después de haber dicho que hay que dejarlo todo y, sobre todo, dejarse a uno mismo. Y sin embargo es verdad: hay que partir con todo lo que somos.
Muchos solo parten en apariencia. Se llevan únicamente un fantasma de sí mismos. Se ponen a salvo antes de ponerse en camino… Se fabrican una personalidad superficial, un robot, una sombra de sí mismos, que envían en busca de Dios. No entran verdaderamente con todo su ser en la experiencia. Es ya una especie de “santo” prefabricado el que se embarca en la expedición, modelado según tratados de perfección. Envían un doble de sí mismos a la aventura y luego se sorprenden de recoger solo decepción.
Al partir
hay que cargar en el asno todo lo que se posee y salir con todo lo que se es: el cuerpo, el espíritu, el alma; todo. Las grandezas y las debilidades, el pasado de pecado, las grandes esperanzas, las tendencias más bajas y violentas… todo, todo, porque todo debe pasar por el fuego. Todo debe integrarse finalmente para formar un ser humano capaz de entrar, en cuerpo y alma, en el conocimiento de Dios.
